sábado, 27 de mayo de 2017

ESCRIBE CON LA PUERTA CERRADA, CORRIGE CON LA PUERTA ABIERTA

Este es uno de los muchos consejos que da Stephen King a los escritores en su obra “Mientras escribo”. Reconozco que, la primera vez que lo leí, no lo entendí (o no quise entenderlo muy bien). Pero al poco me metí en el proceso de corrección de “Senderos cubiertos de rosas” por un lector externo, y lo entendí, vaya que sí.

Escribimos para nosotros. Creamos el universo, los personajes, las acciones… y en nuestra cabeza todo está perfectamente estructurado y justificado. Conocemos a nuestros personajes al dedillo, sabemos qué les motiva y qué les asusta, dominamos las leyes de la física del nuevo universo si es que lo estamos creando pero la realidad es que no siempre conseguimos trasladar ese conocimiento al lector, bien porque lo omitimos o porque nos explayamos en explicaciones que harían dormirse a una vaca que no tiene más entretenimiento que mirar al tren.



Nuestra historia es nuestra criatura y, como buenos padres, no aguantamos bien la crítica. Supongo que aquí debería decir que la constructiva sí y la destructiva no, pero, reconozcámoslo, no nos gusta ninguna. Cuando el lector cero nos dice que nos pongamos los guantes de cirujano y recortemos aquí y a allá porque cualquier lector ya ha tirado nuestra obra al agua, nos retorcemos. Cada párrafo nos ha costado “sangre, sudor y hierro”, que diría el Cid y ¿ahora hay que quitarlo? ¿De verdad hay que borrar esa frase de la que nos hemos sentido orgullosos y triunfantes hasta la llegada del lector cero?

Pues sí y no. Según (seguimos los consejos del maestro) Stephen King, es bueno recortar hasta un 10% del texto original, pero no a lo loco, claro, sino eliminando lo superfluo, lo que no tiene interés en la historia. Yo no sé vosotros, pero a mí, de vez en cuando, algún personaje me pierde el respeto y se pone a filosofar durante cinco páginas sobre algo que no tiene nada que ver en absoluto. Y yo tan orgullosa, del nivel filosófico avanzado de esos cinco folios, hasta que quien te lee levanta de pronto la aguja del tocadiscos y dice, como Homer Simpson: “¡Me aburroooooo!”

El primer impulso es aniquilar a nuestro crítico. ¿Qué sabrá él o ella? Pero, por experiencia, creo que lo mejor es dejar pasar ese impulso de autodefensa a muerte de nuestro primer borrador y releerlo con los ojos del otro. Es entonces cuando nos damos cuenta de que, a menudo, tiene razón. Alguien que no esté en nuestra cabeza no entiende la trama, se le desdibuja el personaje o se va deprimiendo con el tono de conferencia que le hemos dado a la explicación.

Pero no nos podemos ir al otro extremo y reescribir nuestra novela desde el principio. Cuando crees en algo hay que defenderlo, pero sin ser irracional. Porque críticas habrá siempre, y seguramente mucho más malintencionadas que las de nuestro lector cero. Como en cualquier actividad, hay que estar seguros de nosotros mismos, y, aunque parezca un contrasentido, eso también implica mejorar lo que hacemos con los consejos de otros.


¿Y cómo diferenciar las críticas constructivas de las destructivas? Para mí, la diferencia estriba en que las primeras se refieren a la obra, y las segundas a nosotros como escritores. Las primeras nos ayudan a mejorar, las segundas nos alejan de nuestra vocación. A mí, con esto en mente, me resulta más fácil navegar entre las procelosas aguas del mundo de la escritura. Espero que a vosotros os ayude también. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario